En algunas casas de niños y jóvenes de altas capacidades se
repite la misma situación: el hijo o la hija vuelve cada día de la escuela
enfadado porque siente que no lo tienen en cuenta. Repiten lo que ya sabe, se
tiene que esperar eternamente, van muuuuy lentos explicando las cosas, y cuando
hay algo interesante pasan como de puntillas sin profundizar. Él o ella está
todo el día más o menos contenido, es más o menos políticamente correcto...
pero se va cargando. Llega a casa y explota, o se cierra e implosiona.
Los padres que ven esta situación cada día se preocupan y
piensan: “¿No lo ve nadie? ¿No se dan cuenta? ¿Por qué no van más allá de la
fachada de buen niño, buena niña que lo aguanta todo?” Y ven que su hijo / su
hija se va apagando... no tiene ganas de ir a la escuela, en casa llora y se
queja; o está triste... y llega la preocupación e impotencia.
En el mejor de los casos una visita con el tutor o la tutora
confirma lo que ya sabían. “¿Por qué quiere una entrevista de tutoría si todo
funciona? Ya me gustaría tener más alumnos como él o como ella que escuchen,
aprendan, hacen el trabajo, no se quejan, incluso ayudan a los compañeros, y
tienen buenos resultados académicos... ¿dónde está el problema?” Porque el docente
que tiene delante un circo de veinticinco pistas, en el mejor de los casos, su
hijo o hija no es vivido como un problema, sino como un oasis en medio de un
desierto lleno de contrariedades. Es un momento de paz, y viendo su situación
casi no se lo podemos reprochar; pero los padres ven que su oasis no es un
lugar donde seguir trabajando y sacar las máximas posibilidades.
Y de aquí viene la situación de impotencia, incomprensión y
soledad. Solo querríamos que fuera visible, que le escucharan, que fueran
identificadas y atendidas sus necesidades, que fuera a la escuela contento/a
por lo que aprende, por las relaciones que hace, y por lo que se le propone
hacer.
El tiempo de escuela es un tiempo esencial en la vida, nos
da base y herramientas que usaremos a lo largo de toda la vida. Nos construye
pero... ¿qué pasa cuando no nos deja construirnos?
Algunos intentarán un cambio de escuela, otros por
circunstancias de proximidad, hermanos, o amigos forzarán el hecho de quedarse
en la escuela. Pero marchar o quedarse no es la solución porque seguramente
volveremos al mismo punto.
Es imprescindible que a los docentes les caiga la venda de
los ojos, y que junto con recursos que ya existen, como el EAP o la Comisión de
Diversidad del centro, vean realmente al niño o joven y le den: primero un
tiempo y un espacio de confianza porque se muestre cómo es, y después definan
las necesidades que se pueden ir cubriendo desde la escuela con los medios que
tienen. Sí, no es una carrera de velocidad, es una carrera de fondo. No lo
acabaremos en un curso o dos, ni lo solucionaremos con una estrategia mágica.
El día a día tiene que hacer que la escuela se adapte a él o ella; y el alumno
se adapte, también, a la escuela sin perder su esencia.
No es un proceso difícil. Es mucho más sencillo de vivir que
de explicar. He hecho muchos acompañamientos que han supuesto poner luz en la
oscuridad. Conseguir que los docentes se dejen guiar, apliquen recursos y, poco
a poco, aprendan a volar. Las técnicas que usamos para ellos a menudo sirven
para todos los alumnos, pero para ellos y ellas son imprescindibles.
Siempre, baja la tensión cuando son escuchados y atendidos.
Esto no supone un gran gasto de tiempo sino una inversión que mejora la clase y
el trabajo del docente. Es un reto que tenemos que abordar y... ahora es el momento.
Si queréis saber más, y sois padres o docentes podéis
contactar con nosotros al 646 48 61 59 o en atencioltescapacitats@gmail.com. Os
escucharemos y os daremos una respuesta personalizada.

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